Para perderse entre un montón de ámbitos hacia donde las palabras me dejen llegar:
Actualidad, curiosidades, cultura, viajes, moda, recetas...

martes, 31 de marzo de 2015

¿CÓMO DICES?

Ayer lunes me tocó ir a la peluquería a sanearme un poco el pelo, pues tenía las puntas bastante estropeadas y el flequillo muy largo. Como no soy de ir a un sitio fijo, esta vez me decanté por ir a una peluquería que está cerca de mi casa, Solymar. Hacía muchísimo que no la pisaba y cuando entré no recordaba a ninguna de las peluqueras. Como me atendieron enseguida, no me dio tiempo ni siquiera de echarle un ojo a las típicas revistas del corazón que siempre tienen las peluquerías. 


Aunque reconozco que no soy muy dada a hablar en la peluquería, sí me gusta que la peluquera me aconseje sobre un estilo u otro para darle un aire diferente a mi corte de pelo. No suelo arriesgarme mucho con los cortes pero sí me gusta que los demás noten que he pisado una peluquería. Que si esta vez con flequillo entero o de lado, que con capas o sin capas, que si las puntas en recto o en pico… Yo me muevo por estas variables y como esta vez no lo tenía muy claro iba con la idea de preguntarle a la peluquera.

Había tres chicas trabajando cuando llegué y recuerdo que la que me lavó el pelo utilizó un champú de olor a frambuesa que me encantó. Tras decirme la típica frase de peluquera "Ya te hacía falta darle un corte" y rechazar su oferta de echarme una mascarilla por la que me cobraría, me sentó en el tocador y me desenredó el pelo. Luego me atendió otra peluquera que, para mi sorpresa, resultó ser sorda. Aunque de apariencia física más que normal, me di cuenta de que no oía porque le costaba articular las palabras al hablar. No entendía casi nada de lo que me decía y finalmente nos fuimos entendiendo por señas.


Terminé indicándole que me cortase un poco las puntas y el flequillo. No quería arriesgar demasiado diciéndole que me cortase a capas por si no me entendía. Así, en silencio, terminó su trabajo. Debo reconocer que la situación, de un poco de impotencia, me incomodó un poco porque no podía entablar la típica conversación peluquera-clienta en la que me asesorase como era debido. Pero lo que hizo, lo hizo bien, de eso no hay queja.

Esta chica me dio mucho que pensar porque sabe Dios las dificultades con las que, la pobre, se ve rodeada cada día por carecer del sentido auditivo. Tanto en su vida personal como en su vida privada. Yo no me puedo imaginar mi vida sin oír una voz, una canción, los ruidos de la calle… Estoy acostumbrada a que no me falte de nada, a contar con todas las facilidades, a tener la fortuna de no tener este tipo de dificultades. Y encontrarme con personas que tienen este tipo de problemas me entristece y me pone los pelos de punta. Estoy segura de que la vida para ellas es el doble de complicada que para mí, aunque ya estén acostumbradas a vivir así.


Si mal no recuerdo, ayer fue la primera vez con la que me topé una persona sorda en un trabajo normal y me pareció fenomenal que pudiese trabajar allí y sentirse perfectamente integrada. Aunque supongo que la situación con el cliente puede llegar a ser un tanto incómoda, lo cierto es que solo se necesita un poquito más de paciencia para lograr la comunicación. De hecho, la situación me recordó a la primera vez que fui a la peluquería en mi año Erasmus en Austria. No hablaba bien alemán y tuve que explicarle con señas cómo quería el corte de pelo. 

Si de algo recuerdo a las personas sordas es como docentes de un curso de lengua de signos que hice en el año 2010. Aquí pude aprender mucho sobre este colectivo. No solo de su complicado sistema de signos, sino de su vida cotidiana. Muchos habían conseguido llevar una vida normal, incluso habiendo formado una familia.

Lo importante no es escuchar lo que se dice, sino averiguar lo que se piensa.
(Juan Donoso Cortés) 

1 comentario:

  1. También me gustaría saber la lengua de signos.
    (Mi español es muy malo, lo siento)

    ResponderEliminar